La gestión de personas es una de las tareas más complicadas en un equipo. El líder es el responsable de reclutar, contratar, capacitar, entrenar, modelar, involucrar, monitorear, motivar, anticipar, priorizar, planificar, evaluar, aclarar, adaptar, presentar, dirigir, disciplinar, reforzar, informar, reconocer, presupuestar, construir alianzas…Y todo esto, muchísimo antes de cumplir la media jornada laboral.

Para algunos, el liderazgo es un camino hacia el poder, un vehículo para intimidar a los críticos y apoyar a los partidarios. Otros lo ven como un boleto a la vida simple de pasar días combinando hojas de cálculo y distribuyendo publicaciones. Sobre esto, debes tener en cuenta que los trabajadores con más talento, se rebelan frente a los primeros y suelen ignorar a la segunda categoría.

El liderazgo es reflejo. Así, por ejemplo, si tu equipo es olvidadizo o poco cuidadoso con los detalles algo tendrá qué decir de tu liderazgo, lo mismo que si tu equipo es creativo o determinante, para mí, puro brillo gracias al líder correspondiente.

Encontrar los mejores consejos para ser el líder que siempre has querido no es tan sencillo, cada equipo es un mundo, aún así me voy a atrever a proponerte algunas claves que pueden ayudarte a liderar con solvencia.

 

Recomendaciones para ser el líder de los líderes  

Bueno, pues vamos a empezar a descifrar todo lo que necesitamos saber para ser ese líder soñado, capaz de orientar y hacer crecer a sus colaboradores:

  1. Mentalidad de líder.

Las personas que rodean al líder están para facilitar su trabajo. Pero, ¡ojo! Esto funciona en ambos sentidos. Para liderar personas con talento, debes centrarte en servirles. Tu trabajo es eliminar obstáculos y allanar un camino libre de distracciones… Y excusas. El buen líder agiliza los procesos, encuentra recursos y mantiene a raya las tonterías políticas.

En pocas palabras: Si eres un líder averigua qué os detiene y arréglalo. El verdadero líder elogia en público y corrige en privado. Además, corrige sin ofender y orienta sin humillar.

 

  1. ¿Quieres saber cuál es la palabra peor asociada a un líder? Sin agallas.

El talento espera influencia de sus líderes. Pueden ser inteligentes y tener buena política, pero al final nadie los respeta. Del líder se espera audacia y valentía. Normalmente este tipo de líderes tienen una gran pasión por su trabajo y un carisma especial. En definitiva, son genios en la medida de lo posible y en su especialidad correspondiente.

La efectividad del líder se mide por su coraje, esto se traduce en enfrentarse a los problemas sin importar cuán impopular le haga. Se necesita visión, enfoque y perseverancia.

 

  1. Experiencia.

Todo el mundo tiene que empezar en alguna parte. Un líder debe saber del proceso. Todos pasamos por situaciones parecidas ¡No lo olvides! De vital impacto es exponer al equipo a cualquier operación relevante, los mejores trabajadores quieren escalar y esto no debe asustar al líder. Una opinión personal, sería bueno pensar que nuestro trabajo es temporal, por ello el buen líder desarrolla y prepara a sus colaboradores, al fin y al cabo, es una recompensa mutua: Un trabajo en equipo se materializa en resultados positivos y en soluciones válidas.

Para cumplir esté propósito, en el liderazgo la formación debe ser continua. Por experiencia no se entiende el haber pasado varios años en el mismo ambiente, sino la retroalimentación de todas aquellas situaciones que han generado dilemas dentro del equipo y han generado algo nuevo por aprender.

 

¿Quieres saber qué separa a los grandes líderes de los buenos?

Que los primeros nunca dejan de aprender y crecer, al igual que sus colaboradores. El líder no puede estabilizarse una vez que tiene algo de autoridad. Y es en esta zona en la que los buenos y verdaderos líderes destacan. Constantemente hacen preguntas, son insaciablemente curiosos y nunca están satisfechos.

 

LA SEÑORA THOMPSON

(LA CULPA ES DE LA VACA, anécdotas, parábolas, fabulas y reflexiones sobre el liderazgo)

Al inicio del año escolar una maestra, la señora Thompson, se encontraba frente a sus alumnos de quinto grado. Como la mayoría de los maestros, ella miró a los chicos y les dijo que a todos los quería por igual. Pero era una gran mentira, porque en la fila de adelante se encontraba, hundido en su asiento, un niño llamado Jim Stoddard. La señora Thompson lo conocía desde el año anterior, cuando había observado que no jugaba con sus compañeros, que sus ropas estaban desaliñadas y que parecía siempre necesitar un baño. Con el paso del tiempo, la relación de la señora Thompson con Jim se volvió desagradable, hasta el punto que ella sentía gusto al marcar las tareas del niño con grandes tachones rojos y ponerle cero.

Un día, la escuela le pidió a la señora Thompson revisar los expedientes anteriores de los niños de su clase, y ella dejó el de Jim de último. Cuando lo revisó, se llevó una gran sorpresa.

La maestra de Jim en el primer grado había escrito: “Es un niño brillante, con una sonrisa espontánea. Hace sus deberes limpiamente y tiene buenos modales; es un deleite estar cerca de él”.

La maestra de segundo grado puso en su reporte: “Jim es un excelente alumno, apreciado por sus compañeros, pero tiene problemas debido a que su madre sufre una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha”.

La maestra de tercer grado señaló: “La muerte de su madre ha sido dura para él. Trata de hacer su máximo esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés, y su vida en casa le afectará pronto si no se toman algunas acciones”.

La maestra de cuarto escribió: “Jim es descuidado y no muestra interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase”.

La señora Thompson se dio cuenta del problema y se sintió apenada consigo misma. Se sintió aún peor cuando, al llegar la Navidad, todos los alumnos le llevaron sus regalos envueltos en papeles brillantes y con preciosos listones, excepto Jim: el suyo estaba torpemente envuelto en el tosco papel marrón de las bolsas de supermercado.

Algunos niños comenzaron a reír cuando ella sacó de esa envoltura un brazalete de piedras al que le faltaban algunas, y la cuarta parte de un frasco de perfume. Pero ella minimizó las risas al exclamar: “¡Qué brazalete tan bonito!”, mientras se lo ponía y rociaba un poco de perfume en su muñeca. Jim Stoddard se quedó ese día después de clases sólo para decir: “Señora Thompson, hoy usted olió como mi mamá olía”.

Después de que los niños se fueron, ella lloró por largo tiempo. Desde ese día renunció a enseñar sólo lectura, escritura y aritmética, y comenzó a enseñar valores, sentimientos y principios. Le dedicó especial atención a Jim. A medida que trabajaba con él, la mente del niño parecía volver a la vida; mientras más lo motivaba, mejor respondía. Al final del año, se había convertido en uno de los más listos de la clase.

A pesar de su mentira de que los quería a todos por igual, la señora Thompson apreciaba especialmente a Jim. Un año después, ella encontró debajo de la puerta del salón una nota en la cual el niño le decía que era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron seis años antes de que recibiera otra nota de Jim; le contaba que había terminado la secundaria, obteniendo el tercer lugar en su clase, y que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Cuatro años después la señora Thompson recibió otra carta, donde Jim le decía que, aunque las cosas habían estado duras, pronto se graduaría de la universidad con los máximos honores. Y le aseguró que ella era aún la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron cuatro años y llegó otra carta; esta vez Jim le contaba que, después de haber recibido su título universitario, había decidido ir un poco más allá. Le reiteró que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida. Ahora su nombre era más largo; la carta estaba firmada por el doctor James F. Stoddard, M.B.

El tiempo siguió su marcha. En una carta posterior, Jim le decía a la señora Thompson que había conocido a una chica y que se iba a casar. Le explicó que su padre había muerto hacía dos años y se preguntaba si ella accedería a sentarse en el lugar que normalmente está reservado para la mamá del novio. Por supuesto, ella aceptó. Para el día de la boda, usó aquel viejo brazalete con varias piedras faltantes, y se aseguró de comprar el mismo perfume que le recordaba a Jim a su mamá. Se abrazaron, y el doctor Stoddard susurró al oído de su antigua maestra:

— Gracias por creer en mí. Gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía hacer la diferencia.

La señora Thompson, con lágrimas en los ojos, le contestó:

— Estás equivocado, Jim: fuiste tú quien me enseñó que yo podía hacer la diferencia. No sabía enseñar hasta que te conocí.