He pasado muchos años de mi vida convencido de que liderar se basaba sencillamente en explicar bien las cosas. 

 

En mi rol profesional, dedicaba horas a corregir detalles técnicos, preparar entrenamientos y buscar la mejor manera posible de explicar la idea. En casa, intentaba ponerle palabras a esas cosas que a veces ni nos planteamos cuando no somos padres…

 

Pero en el último año, me he dado cuenta de una verdad de la que no era del todo consciente: las personas aprenden menos de lo que decimos, y más de lo que nos ven permitir. 

 

Los límites son importantes, y cuando hablamos de educación y liderazgo, más todavía. Es establecer estándares, marcar lo que tiene cabida y lo que no. Y todo esto siempre está ocurriendo, en todas las áreas de nuestra vida, seamos conscientes o no. 

 

Hay mensajes que enviamos sin hablar

 

Si nos fijamos en el baloncesto, podemos ver que un entrenador puede insistir toda la semana en la importancia de un compromiso. Pero si a la hora de la verdad, un jugador por ejemplo llega tarde y otra vez y no pasa nada, el mensaje real es precisamente ese. Que la puntualidad no importa tanto. 

 

Podemos hablar todo lo que queramos de compromiso, de respeto, de colaboración o de trabajo en equipo. Pero si se toleran comportamientos que van en la dirección contraria, ¿cuál crees que será la cultura real? Exacto, la que marquen los hechos, no las palabras. 

 

Pasa en el deporte, pasa en las empresas, pasa en las familias. Los hijos escuchan lo que decimos (o eso queremos pensar), pero observan mucho más lo que hacemos. 

 

Y esto no aparece en los libros, ni en programas formativos ni se puede evaluar de ninguna forma objetiva. Pero cómo reaccionamos ante los errores, cómo cumplimos a nuestra palabra, cómo toleramos ciertos comportamientos, todo eso se termina convirtiendo en lecciones grabadas a fuego. 

 

 

Lo excepcional se convierte en habitual cuando no hay límites

 

Esta es una idea que me acompaña últimamente, lo excepcional se convierte en habitual cuando nadie lo corrige.

 

Y eso aplica prácticamente a cualquier ámbito de la vida. Las personas observan constantemente dónde están los límites reales. No los escritos. Los reales. Y esos límites se construyen más por lo que permitimos que por lo que comunicamos.

 

Cuando pensamos en liderazgo solemos imaginar grandes discursos, decisiones estratégicas o momentos importantes. Pero muchas veces el liderazgo se juega en cuestiones mucho más pequeñas:

 

¿Qué permites cuando nadie está observando?

¿Qué comportamientos normalizas?

¿Qué conversaciones pospones?

¿Qué cosas justificas simplemente porque te resulta más cómodo hacerlo?

 

Porque liderar no consiste únicamente en impulsar lo que quieres que ocurra. También consiste en proteger aquello que no quieres que se convierta en costumbre.

 

 

Y sí, quizá aquí la reflexión también es personal. Porque no solo lideramos a otros. También nos lideramos a nosotros mismos.

 

Cada vez que justificamos una conducta que sabemos que no nos ayuda, o que aceptamos situaciones que nos alejan de quien queremos ser, o  toleramos en nuestra vida algo que va contra nuestros propios valores, nos estamos enseñando algo.

 

Nos estamos diciendo qué merece la pena defender y qué estamos dispuestos a dejar pasar.

 

Después de tantos años en el deporte he aprendido que los equipos rara vez se parecen a los discursos de sus líderes, se parecen a los comportamientos que estos permiten.

 

Y quizá en la vida ocurra exactamente igual.

 

Porque las personas olvidarán muchas de nuestras palabras, pero nunca olvidarán los límites que marcamos, los valores que defendimos y aquello que decidimos no tolerar.

 

Al final, liderar no es solo enseñar un camino, también es decidir dónde trazamos la línea.