La apatía, un estado de falta de interés o emoción, se ha convertido en una presencia palpable en la sociedad actual. Sin pretender ser agorero, es más que evidente que muchos de los males que sufrimos inician en la desidia de la humanidad. Me comentaba recientemente una persona muy cercana al baloncesto que ha llegado el momento de cambiar la visión, así por ejemplo si el baloncesto es ya muy diferente al de hace años, qué podemos decir de la vida misma.

La generación contemporánea se caracteriza por ser una excelente cumplidora, eso sí, sin ningún tipo de extras. Demasiado postureo ante una básica actitud. Si, por ejemplo, en el baloncesto la estadística individual prevalece sobre la colectiva, en la vida la individualidad toma, también, un excesivo protagonismo.

Estamos en un mundo saturado de información, conectividad digital y cambios constantes, sin embargo, me atrevo a afirmar que muchas personas parecen estar sumergidas en un mar de indiferencia hacia los acontecimientos que les rodean. Bien podríamos llamar a este fenómeno la “epidemia de la apatía”, pues plantea preguntas fundamentales sobre la salud y la vitalidad de nuestra sociedad.

 

El desafío de enfrentar la indiferencia

A pesar de vivir en una era de hiper-conectividad, donde las noticias y los eventos están al alcance de un clic, la apatía parece florecer. La sobreexposición a información puede resultar abrumadora. Tanta exposición a noticias negativas y problemas globales está generando una sensación de insensibilidad, haciendo que las personas desconectemos emocionalmente con mucha facilidad.

Por otro lado, está el creciente desencanto hacia las instituciones sociales y políticas. La desconfianza en los líderes actuales y las estructuras establecidas nos traslada ineludiblemente a la apatía como una forma de protesta silenciosa. Cuando la participación ciudadana se percibe como ineficaz o irrelevante, las personas tendemos a retirarnos, creando un vacío de compromiso. En definitiva, dejamos de luchar demasiado pronto.

La rutina diaria y el estrés constante también contribuyen a la apatía. En un mundo donde la productividad y la eficiencia son altamente valoradas, las personas pueden sentirse agotadas y desmotivadas. Estamos implantados en un manifiesto demasiado resultadista, perdiendo el interés por mejorar. La falta de tiempo para la reflexión y la conexión genuina con los demás puede alimentar la indiferencia, convirtiendo la vida en una serie de tareas mecánicas sin significado aparente.

 

La necesidad de re-conexión emocional

Abordar la apatía requiere un enfoque multifacético que plantee sus diversas causas. Entrenar la reconexión emocional con los demás y con el entorno es fundamental. Esto puede incluir la promoción de espacios de diálogo significativo, la participación activa en la comunidad y el promover las relaciones sociales.

La educación en este aspecto desempeña un papel crucial. Fomentar la empatía y la conciencia social desde una edad temprana puede contribuir a una sociedad más comprometida y solidaria. La comprensión de las diferentes realidades y experiencias puede romper las barreras de la indiferencia, promoviendo un sentido de responsabilidad colectiva.

 

La importancia de la acción individual

Aunque la apatía puede parecer abrumadora, cada individuo tiene el poder de marcar la diferencia. Pequeñas acciones, ya sea participar en proyectos comunitarios, expresar opiniones o simplemente mostrar amabilidad, pueden tener un impacto significativo. La suma de estas acciones individuales puede desencadenar un cambio cultural hacia una sociedad más activa y comprometida.

En el baloncesto solemos decir que todos podemos hacer algo para mejorar al equipo y, por consiguiente, mejorar como grupo. Ayudar a un compañero a recibir mejor el balón, aun sabiendo que la canasta no será tuya, puede suponer que ganes un partido… La apatía no debe ser un destino inevitable, sino un desafío que debe abordarse con determinación y colaboración.