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Postpartido · Coaching

La pregunta que nadie hace

Durante buena parte de mi vida profesional, como tal vez te ha pasado a ti, uno de mis principales objetivos fue encontrar respuestas.

En mi caso, preparar un partido de baloncesto exigía estudiar al rival, analizar sus sistemas, descubrir sus tendencias y anticipar las decisiones que podía tomar. Cuanta más información consiguiera, mejor preparados estaríamos, al menos teóricamente. 

Recuerdo aquella época en la que conseguir determinadas imágenes, estadísticas o informes suponía una ventaja importante. Había que buscarlos, ordenarlos, interpretarlos y convertirlos en algo útil para el equipo. Y, también, en ocasiones era difícil encontrar ciertos vídeos de algunos partidos.

Hoy, gran parte de ese trabajo está al otro lado de un simple clic, y esto no solo ocurre en el deporte.

Actualmente acumular respuestas ya no otorga ninguna ventaja competitiva: cualquier pantalla te devuelve una contestación razonable en cuestión de segundos. El conocimiento enciclopédico ha dejado de ser un filtro. 

¿Qué marca hoy la diferencia entonces? Básicamente, saber formular la pregunta adecuada.

El problema no es entonces la dificultad para encontrar respuestas, sino que cada vez nos cuesta más hacernos las preguntas adecuadas. 

Y eso cambia bastante las cosas.

El peligro de confundir velocidad con inteligencia

La tecnología nos ha acostumbrado a obtener respuestas casi inmediatas. Y no creo que eso sea malo. Al contrario. 

Tener acceso a herramientas capaces de ayudarnos a aprender, analizar y resolver problemas es una oportunidad enorme.

El problema aparece cuando empezamos a confundir la velocidad de la respuesta con la calidad de nuestro pensamiento. Eso me pasaba mucho en un banquillo de élite, rodeado de estrellas y de entrenadores muy exigentes.

Porque pensar exige algo que cada vez llevamos peor: permanecer un rato dentro de una pregunta sin tener todavía la solución.

Dudar, contrastar, saber reconocer que quizá estamos interpretando mal lo que ocurre.

En el deporte, cuando un equipo encaja un parcial importante, la reacción más fácil es pedir un tiempo muerto y cambiar algo.


Pero cambiar por cambiar no siempre soluciona nada.


A veces el rival no ha encontrado una ventaja nueva. Simplemente hemos dejado de ejecutar bien lo que ya sabíamos hacer. Otras veces sí necesitamos modificar el sistema.

La diferencia está en saber leerlo. Y para eso hay que pensar antes de actuar.


Aprender a preguntar también es educar


Esta reflexión tiene mucho que ver con mi etapa actual, vinculada a la educación y a la dirección de una academia (Dini Language School).

Durante mucho tiempo, una parte importante del aprendizaje consistía en adquirir conocimientos y demostrar que eras capaz de recordarlos.

Hoy eso sigue teniendo valor, pero ya no puede ser suficiente.

Nuestros alumnos van a vivir en un mundo donde encontrar una explicación, traducir una frase o consultar un dato será cada vez más sencillo.


La cuestión es qué harán con todo ello:

- ¿Sabrán distinguir una buena respuesta de una mediocre?

- ¿Serán capaces de reconocer cuándo no han entendido algo?

- ¿Tendrán criterio para cuestionar una conclusión aparentemente convincente?

- ¿Podrán tomar decisiones sin esperar siempre a que alguien les diga exactamente qué hacer?


A veces, en educación, confundimos ayudar con resolver. Y no son lo mismo.

Cuando un alumno se equivoca, resulta tentador explicarle inmediatamente la solución. Es rápido, cómodo y permite avanzar con el programa.

Pero quizá una pregunta como “¿Qué te ha llevado a pensar eso?” consiga algo mucho más importante.

Le obliga a revisar su razonamiento, a encontrar dónde se ha perdido y a que pueda aprender a pensar sobre su propio pensamiento.


En el baloncesto ocurre algo parecido. Un jugador que solo ejecuta órdenes puede funcionar perfectamente mientras el partido se parece al entrenamiento.

El problema llega cuando aparece una situación que nadie había dibujado en la pizarra.

Ahí necesita criterio. Y el criterio no se desarrolla únicamente recibiendo instrucciones. También se entrena teniendo que decidir.


Hay algo que no podemos delegar


Aquí aparece para mí la parte más interesante de todo esto. Las herramientas pueden ayudarnos a analizar opciones, y a descubrir errores que nosotros no habíamos visto, sí, pero hay una responsabilidad que sigue siendo nuestra: la de decidir qué hacemos con esa información (y asumir lo que ocurre después). 


Un entrenador puede apoyarse en todos los datos disponibles para elegir a los cinco jugadores que terminarán un partido, pero cuando llega la derrota, no puede esconderse detrás de la estadística.


Un directivo puede utilizar estrategias innovadoras para reorganizar una empresa, pero sigue teniendo que mirar a las personas afectadas por sus decisiones.

Un padre o madre puede leer cien mil recomendaciones sobre educación, pero ninguna sustituye la responsabilidad de conocer al hijo que tiene delante.

Saber la respuesta técnica es relativamente fácil. Interpretar el contexto, intuir el momento emocional y sostener el peso de la decisión cuando no hay certezas es donde reside el verdadero oficio.


Por eso me parece peligroso pensar que el futuro pertenecerá simplemente a quienes sepan utilizar mejor las herramientas. Sin duda, también pertenecerá a quienes sepan cuándo utilizarlas, cuándo cuestionarlas y cuándo dejar de buscar una respuesta para empezar a escuchar.


Quizá podamos llevar esta idea a nuestro día a día de una manera bastante sencilla.


La próxima vez que tengas delante una decisión importante, antes de pedir consejo, buscar información o abrir una herramienta, dedica unos minutos a tres cuestiones.

- ¿Qué problema estoy intentando resolver realmente? No el síntoma más visible ni el asunto más urgente, sino aquello que está detrás.

- ¿Qué parte de esta situación no aparece en los datos? Puede ser una emoción, una relación, una circunstancia personal o algo que todavía no has observado.

- Y, finalmente, ¿estoy dispuesto a hacerme responsable de la decisión que tome?


No necesitas contestar de inmediato. De hecho, ese es precisamente el ejercicio: dar espacio a la pregunta antes de llenar el silencio con una respuesta.

Después de tantos años entre pizarras, partidos y personas, cada vez tengo más claro que conocer mucho no garantiza comprender bien.

Y que comprender bien tampoco garantiza acertar, pero aumenta nuestras posibilidades de decidir con sentido.


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