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Postpartido · Coaching

La pista se mueve

Durante muchos años en el deporte profesional aprendí que preparar bien un partido no significa adivinar lo que va a pasar. Significa más bien llegar con un plan, pero más importante, llegar con la capacidad de abandonarlo a tiempo.


Puedes haber estudiado al rival durante días, pero basta con que el partido cambie de ritmo o aparezca una ventaja inesperada para que la pizarra deje de describir lo que está ocurriendo.


De ahí que nuestra mayor enemiga en estos tiempos de transformación sea la rigidez. 

Quien se empeña en aplicar la misma libreta de tácticas cuando el clima y el terreno han cambiado por completo, pierde el partido por incapacidad de lectura.


A veces vivimos bajo la ilusión de que el entorno es un escenario estático sobre el que podíamos ejecutar nuestros planes sin contratiempos. Pero sin ir más lejos, el cambio climático ha venido a romper ese espejismo. Nos obliga a aceptar que la pista se mueve, que los recursos son finitos y que las reglas no las fijamos nosotros. 


En el deporte, cuando las condiciones externas cambian radicalmente, los equipos mediocres se quejan de la temperatura o del suelo; los equipos campeones ajustan la preparación, gestionan el desgaste y adaptan su lectura de juego.


La cuestión no es si el entorno está cambiando —que lo está haciendo a pasos agigantados—, sino si nuestra mentalidad y nuestras decisiones están evolucionando al mismo ritmo.


El cambio climático nos ha hecho conscientes de que cada pequeña acción individual tiene un impacto acumulativo en el sistema global.


En un equipo, la conducta de un solo jugador "contamina" o "sana" el ambiente de todo el grupo. Aceptar que nuestras decisiones influyen en el ecosistema (ya sea el planeta, la familia o la empresa) es la base de la madurez y de la responsabilidad colectiva.




OJO: adaptarse no es renunciar


Puede que en tu mente mezcles el concepto de adaptación con el de renuncia.


Nos parece que cambiar de estrategia significa traicionar lo que defendíamos antes, pero para nada es así. Te pongo un ejemplo. 


Un equipo puede mantener intactos sus valores y cambiar completamente su defensa. Puede conservar su identidad y, al mismo tiempo, leer mejor el contexto. Los principios 

deberían darnos dirección. Las tácticas deberían poder cambiar.


El problema empieza cuando convertimos una herramienta en una identidad. “Siempre lo hemos hecho así” puede sonar a experiencia, sí, pero a veces es simplemente una forma elegante de decir que no queremos volver a pensar.


Y hoy en día, volver a pensar es imprescindible. Lo es para una empresa, un profesor, una familia o cualquiera que descubre que la forma en la que hacía las cosas hace diez años ya no le sirve igual.


La experiencia tiene valor cuando mejora nuestra lectura del presente. Cuando solo sirve para repetir el pasado, puede convertirse en una carga.


Pero hay una segunda parte más incómoda: no somos únicamente personas que reaccionan al contexto, también lo construimos.


Después de muchos años trabajando con equipos, esto se ve con claridad. Un vestuario cambia con la conducta cotidiana de quienes lo forman. Bastan pequeñas acciones repetidas.


Un jugador que llega siempre tarde no solo llega tarde. Está diciendo algo sobre el valor del tiempo de los demás. Uno que no celebra el éxito de un compañero introduce una manera de entender el grupo. Y quien ayuda, comunica o asume una responsabilidad también modifica el ambiente.


Lo mismo sucede fuera de la pista. Cada reunión construye cultura. Cada conversación en casa educa un poco. Cada hábito deja una huella en el sistema al que pertenece. Nos gusta pensar que nuestras pequeñas acciones no tienen tanta importancia porque eso nos libera de responsabilidad, pero casi todos los sistemas se construyen precisamente así, por acumulación.


No todo depende de nosotros, pero algo sí. Y saber distinguir ambas cosas también es madurez.



Por todo ello, si tuviera que convertir todo esto en algo práctico, no empezaría por grandes cambios. Empezaría por tres preguntas.


- ¿Qué ha cambiado a tu alrededor mientras tú seguías haciendo lo mismo?

- ¿Qué mantienes porque sigue siendo útil y qué mantienes simplemente porque te resulta conocido?

- ¿Tus decisiones mejoran o deterioran el ecosistema del que formas parte?


No se trata de cambiar por cambiar ni de perseguir cada novedad. Se trata de conservar criterio suficiente para saber qué merece permanecer y qué necesita evolucionar.


Recuerda que el terreno no tiene ninguna obligación de permanecer como lo conocimos, la pista se mueve.


De ahí que quizá el verdadero crecimiento consista en entender antes que otros qué ha cambiado, asumir qué parte nos corresponde y decidir cómo queremos jugar a partir de ahora.


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