Entre habitaciones de hoteles, autobuses, vuelos… leía que la confianza es la herramienta más poderosa que tiene la motivación. De lleno en plena competición, me hizo reflexionar. ¿Cuántas veces escuchamos a los entrenadores apelar al aspecto mental en sus declaraciones? Yo diría que rara es la vez que un entrenador no menciona el aspecto psíquico de su equipo.

Es más, los entrenadores “apretamos” continuamente en el plano mental con el objetivo de conseguir cada día un equipo más competente. 

Si para estos dos últimos conceptos la clave está en la confianza, ¿Qué podemos hacer para mejorar en este aspecto?

Demasiadas horas lejos de mi familia hacen aflorar inquietudes de mejora profesional con el fin de optimizar mejor los tiempos. Esto último dirigido al deporte, puede ser que se inviertan más horas de lo debido en entrenos físicos, cuando la mejora real de un equipo profesional viene del estado mental y, esto es concentración y motivación.

El ser humano cuando mejor funciona es cuando está repleto de confianza. Somos diferentes con confianza. Toda nuestra vida tiene más sentido, preparamos mejor las tareas y no dudamos ni qué ropa ponernos.

Cambia la forma de decir las cosas.

Un estado de confianza viene porque no nos llegan mensajes negativos, nada nos mina de fuera, lo que recibimos es positivo y esto suma mucho. Por lo tanto, focalizar en los aspectos fuertes de nuestro equipo es el gran fichaje escondido. Nuestra mejor arma está siempre con nosotros y no siempre sabemos usarla. Si la vida te da limones, haz limonada. No te centres en lo amargo del sabor del limón, genera opciones y posiblemente puedas conseguir la mejor limonada posible.

La temporada deportiva es larga y suceden muchas cosas. Los estados anímicos van moviéndose y las derrotas o el mal juego van a llegar. El jugador también lo sabe, por eso nos necesita a los entrenadores, para que cuando lleguen esos momentos podamos guiarlos, nos van a necesitar.

El califa que apostó su confianza

Cuentan que hace muchos años vivía un califa avaro y cruel que sentía verdadera pasión por las apuestas. Se decía que sólo apostaba cuando tenía la certeza absoluta que iba a ganar. Y para ello imponía las condiciones de la apuesta para asegurarse que siempre la victoria.

Una mañana, al salir a uno de los patios, vio una enorme pila de ladrillos. Al instante gritó: «¿Quien quiere apostar conmigo?». Ninguna de las personas que estaban en el patio respondió dado que conocían sus temibles condiciones a la hora de apostar.

El califa enfadado por el silencio de las personas ante su ofrecimiento, volvió a decir: » Apuesto a que nadie es capaz de transportar esta pila de ladrillos con sus manos de un lado al otro del patio antes de que el sol se ponga».

Un joven albañil que se encontraba ahí, le preguntó : «¿Cuál sería la apuesta?»

«Diez tinajas de oro si lo consigues», le respondió el califa.

«¿ Y si no lo consigo?», le preguntó el joven albañil.

«Entonces te cortaré la cabeza», le contestó el califa.

El joven albañil, tras dudar unos minutos, le contestó: «Acepto la apuesta con una condición: podrás detener el juego en cualquier momento y, si lo haces, sólo me darás una tinaja de oro».

El califa, sorprendido por la condición impuesta por el joven y tras meditarlo para tratar de encontrar donde estaba la trampa, aceptó la condición solicitada por el joven albañil. Y la apuesta empezó.

El joven empezó a transportar los ladrillos con sus manos y tras una hora de trabajo, sólo había transportado una pequeñísima parte de los ladrillos. Y sin embargo, sonreía.

«¿Por qué sonríes?», le preguntó el califa. «Está claro que vas a perder la apuesta. Nunca lo conseguirás».

« Te equivocas», le contestó el joven albañil. «Estoy seguro de que voy a ganar»

«¿Cómo es eso posible?», le preguntó el califa sorprendido.

«Porque te has olvidado de algo muy sencillo y por eso sonrío», contestó el joven albañil y siguió transportando los ladrillos.

Ante esa respuesta, el califa empezó a inquietarse. ¿se habría olvidado de algo? la condición parecía sencilla y era imposible poder transportar los ladrillos en el día. Harían falta varios hombres más.

Al cabo de varias horas, el califa le volvió a preguntar al joven albañil si seguía convencido de ganar. La respuesta fue la misma acompañado de una gran sonrisa.

El califa se sentía cada vez más agitado. ¿Cómo era posible que fuese a ganar? Empezó a sudar ante la posibilidad de perder la apuesta y 10 tinajas de oro. Consultó con varios matemáticos, astrólogos y todos le dieron la misma respuesta: es imposible que un sólo hombre pueda cumplir la apuesta.

A medida que iba pasando el día, el califa se sentía cada vez más turbado, pese a que la pila de ladrillos estaba casi entera. Estaba claro que no iba a ganar la apuesta, entonces ¿por qué sonreía?.

» ¿Por qué sonríes?«, le preguntó nuevamente el califa cuando quedaba ya unas pocas horas para que se escondiese el sol.

El joven albañil, pese al cansancio, le respondió: «Sonrío porque voy a ganar un tesoro»

«Eso es imposible», le dijo el califa. «El sol está en la segunda mitad del cielo y la pila de ladrillos es muy alta todavía».

«Has olvidado algo muy sencillo», le contestó nuevamente el joven albañil.

«¿Qué me he olvidado?, le preguntó el califa consumido por la posibilidad de perder.

«¿Quieres detener el juego, entonces?», le contestó el joven. «Eso significará que habré ganado la apuesta y habrás perdido una tinaja de oro».

«¡Sí, sí!, ¡Dime qué me he olvidado! ¿Es algo sencillo?», le preguntó el califa.

«No has prestado la suficiente atención a la condición que puse», le dijo el albañil.

«Pero si no he hecho otra cosa que pensar en ello», protestó el califa.

«Sí, pero sin comprender que para mí una tinaja de oro es un inestimable tesoro. Desde el principio sabía que no podía ganar la apuesta pero yo sólo quería una tinaja. Y tu te jugabas 1o tinajas «, le dijo el joven.

«Te has olvidado de lo más sencillo», prosiguió el joven. «Te has olvidado de que podías perder la confianza en ti mismo».