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Postpartido · Coaching

Tuerca nueva, mismo problema: ¿cuándo miraremos hacia adentro?

Hay momentos en los que todo falla. Los números no cuadran, el ambiente está tenso, los resultados se resisten, y cada día la cosa parece ponerse más cuesta arriba.    El instinto de muchos líderes cuando eso pasa es inmediato: “toca hacer cambios”. En el deporte lo vemos continuamente: cambiar fichas parece ser la solución más socorrida cuando los resultados no llegan. Se cambian jugadores, se cambian entrenadores… Hacer ruido para que parezca que se avanza.   Pero los que llevamos años en esto sabemos que el verdadero problema rara vez está en la pieza que se cambia. Está en el sistema que la rodea.    El problema pocas veces es un error puntual, sino la cultura que permite que se repita.   ¿En qué se traduce esto? Fácil. Hay que mirar más allá, en cómo se entrena, en cómo se comunica, cómo se convive y en cómo se construye el equipo más allá del resultado inmediato.   Y sí, en el mundo empresarial, pasa exactamente lo mismo.    Muchas empresas buscan “espabilar” a sus equipos con rotaciones, reestructuraciones o directamente optando por despidos. Y sí, en algunos casos, puede llegar a funcionar. Se cambia a una persona que “no rinde” por otra que llega con “aire fresco”, esperando un giro inmediato en los resultados.    ¿Y sabes lo que suele ocurrir la mayoría de los casos? Que sí, puede que den un empujón al principio, pero tarde o temprano, el patrón se repite. Tuerca nueva, mismo problema.   Básicamente, porque lo que falla no siempre es tan evidente. Cambiar lo de fuera sin revisar lo de dentro es un parche, una forma de perder tiempo. Reflexionemos sobre ello.   

El parche de quedarse en lo superficial 

  El despido como recurso para apretar las tuercas es un clásico. Un error, pero clásico. A veces esa persona que estaba sobre las cuerdas no era el problema, era sencillamente el síntoma de que el sistema estaba fallando.    Si miramos más allá, nos daremos cuenta de que todos los equipos tienen un alma. Una cultura intrínseca que marca cómo se toman las decisiones, cómo se comunican los problemas, cómo se motiva en los tiempos difíciles, y cómo se celebra cuando las cosas van bien.    De ahí que cambiar personas sin cambiar cultura es como querer arreglar un equipo que no corre cambiando las zapatillas pero sin mirar el entrenamiento que hacen.    Y puede que leyendo esto estés diciendo: “David, pero ¿qué es lo que sí transforma entonces?   Buena pregunta ;) . Según mi punto de vista, lo que transforma es mirar hacia dentro. Y es que la mejora no puede nacer nunca desde el miedo, sino del sentido compartido. Del propósito, de la coherencia que se ve en los gestos diarios.    Por eso, cuando la empresa decide mirar hacia dentro, aparece un cambio de verdad. Y eso básicamente comienza revisando los valores, la comunicación interna y cómo se reconoce y cuida el talento.    Es imposible pedir motivación o implicación a personas que no saben por qué hacen lo que hacen, o que no sienten que importan. Este es justo el punto clave: no se trata de cuidar a las personas por ser más humanos, sino porque es lo que nos hace más fuertes, más competitivos y más sostenibles.   

La reestructuración empieza en la cultura 

  En el vestuario, un buen entrenador no solo habla de jugadas. Habla de actitud, de cómo nos tratamos, de cómo nos recuperamos ante los fallos, de cómo se celebra cuando las cosas salen bien. Eso es lo que mantiene unido al equipo, y lo que construye su identidad.    En la empresa, ocurre justo lo mismo. Cuando apuestas todo hacia la cultura sólida y la visión compartida, el equipo se fortalece.     Y es que es así: lo que se sostiene desde dentro, no se puede derrumbar desde fuera. Las ideas, las mejoras y la innovación nacen de la esencia organizacional, no de ajustes rápidos o culpables fáciles. Dejemos de cambiar tuercas al tuntun, y empecemos a mirar más allá de lo superficial.   
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