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Postpartido · Coaching

Personas trampantojo. A veces, la imagen engaña más que nuestra intención

A veces pienso que últimamente vivimos en un mundo en el que lucirnos parece más importante que ser. Donde la apariencia ha desplazado, en muchos casos, a la autenticidad. Y lo vemos cada día, en lo personal y lo profesional: personas que proyectan una cosa y son otra. Trampantojos humanos. Y, ¿qué es el trampantojo? Pues originalmente es una trampa ante el ojo o un engaño visual que, a través de la pintura, la arquitectura o la gastronomía, crea una ilusión óptica tan realista que el espectador cree ver algo que no es. Hoy, en este artículo lo vamos a transferir a las relaciones humanas. Sí, estamos en un entorno cada vez más competitivo, en el que estamos cada vez más acelerados y donde todo parece medirse por resultados para ya. No me cabe duda, que hemos ido perdiendo algo muy valioso: la conexión con los demás.   Y sí, en el deporte lo he visto durante toda mi vida. Están las fintas, los amagos, las estrategias para despistar al rival. Pero ahí, todo eso tiene su lugar, básicamente el juego. Lo que me preocupa es cuando esa misma lógica se traslada a la vida y empezamos a normalizar actitudes que no se basan en valores.  

 

¿Realmente todo vale para ganar?

Es una pregunta incómoda, pero muy necesaria. Porque en la carrera por destacar, por conseguir un puesto, por tener influencia o por sobrevivir en entornos laborales exigentes, a veces empezamos a justificar lo injustificable.   Se toleran actitudes falsas, se premia el oportunismo, se elogia al que mejor se vende aunque no sea el que más aporta. ¿Y qué pasa con la ética? ¿Con la coherencia? ¿Con la lealtad? Podemos llegar a pensar, que a veces no lo hacemos por maldad, sino por miedo: miedo a quedarnos atrás, a perder oportunidades, a ser señalados. Y en esa presión (la sociedad nos supera), aprendemos a vestir de lógica lo que en el fondo sabemos que es una renuncia a nosotros mismos, algo ciertamente grave para el ser humano. Cuando todo se convierte en una estrategia para parecer más, se empieza a vaciar la esencia. Nos rodeamos de sonrisas medidas, discursos ensayados y actitudes que cambian según quién esté delante.    

¿De quién realmente te puedes fiar?

En el baloncesto, hay algo muy claro: tú sabes con quién puedes contar en el último cuarto. Siempre se ha dicho que lo importante de un partido de baloncesto es con los jugadores que terminar el partido, no con los que empiezas. Ahí no hay trampantojo que valga. Cuando la presión aprieta, sale la verdad de cada uno.   Lo mismo pasa en la vida. En los momentos difíciles, no necesitas gente que finge seguridad, sino personas que estén presentes de verdad. Que no huyan, que no vendan humo, que no digan lo que quieres oír solo para quedar bien...Y también están esas personas en las que confiaste ciegamente y terminaron aprovechándose de ti. Prometían apoyo, pero solo buscaban beneficio propio. Es duro reconocerlo, pero esos engaños enseñan a distinguir entre compañía genuina y simple oportunismo.   Pero para reconocer a esas personas, primero hay que salir del modo automático, de la prisa por impresionar y volver a mirar con profundidad. A observar actitudes, no solo palabras. A fijarse en cómo alguien actúa cuando no hay público, ni aplausos, ni recompensa. Observa bien.    

¿Y nosotros? ¿Somos también un trampantojo a veces?

Esta reflexión también duele. Porque si vivimos rodeados de este tipo de actitudes, es fácil, sin darnos cuenta, caer en ese mismo juego. Empezar a decir lo que se espera. Actuar para encajar. Disfrazarnos de lo que creemos que vende más.   Pero el desgaste que eso provoca es enorme. Porque cuando dejas de ser tú mismo, todo empieza a pesar. Incluso el éxito.   Por eso, más que señalar fuera, esta es una invitación a mirarnos:

¿Estoy siendo coherente entre lo que pienso, digo y hago?

¿Estoy actuando desde mis valores o desde el miedo a no encajar?

¿Estoy rodeado de personas que me invitan a crecer o a actuar?

  No, no todo vale. Ni en el deporte, ni en la empresa, ni en la vida. Ganar sin verdad no es ganar. Y convertirse en un trampantojo humano puede darte visibilidad… pero no vinculación, ni respeto real, ni paz.   Necesitamos, más que nunca, personas con esencia, con criterio, con valores firmes aunque no siempre brillen a primera vista.   Porque en un mundo que premia el envoltorio, ser de verdad es un acto revolucionario. Y tarde o temprano, lo auténtico siempre encuentra su lugar.  
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