Perfeccionamiento: ¿dónde está el equilibrio?

Cuando nunca es suficiente
Durante algún tiempo, especialmente al comienzo de mi carrera como entrenador, confundí el perfeccionamiento con el “no parar nunca”. Revisaba cada tarea al milímetro una y otra vez. Corregía hasta el más mínimo detalle. Nunca llegaba a sentirme satisfecho al 100%. Siempre creía que se podía hacer más, siempre pensaba que faltaba algo. Y sí, eso inicialmente me hacía avanzar, claro que sí. Había progreso. Había resultados. Pero también me agotaba. Y agotaba al equipo... A las personas más cercanas. Porque una cosa es tener ambición, y otra muy distinta es no saber detenerte. Al no saber soltar, terminas perdiendo perspectiva. El deseo de mejorar se convierte en una tensión constante que te impide disfrutar del momento.
Esto me ha hecho entender que el problema no es querer mejorar, es perseguir una perfección irreal que te lleve a perder de vista todo lo que sí funciona. Es como ver un edificio sólido, y quedarte obsesionado con una grieta en la pintura.
Y lo peor: que incluso cuando las cosas salgan bien, sientas que no es suficiente. Y no porque no lo sean, sino porque tu mirada siempre esté puesta en lo que falta. Porque has entrenado tu mente a ver los huecos en lugar de avances, y eso, a la larga, te desconecta de lo esencial: lo que ya estás construyendo.
Una anécdota sobre mediocridad… y sobre darse cuenta a tiempo
Recuerdo el caso de un jugador talentoso y con una ética de trabajo admirable. Tenía frescura, pero se castigaba por todo. Nada era suficiente. Si metía 30 puntos, se lamentaba por dos tiros fallados. Si el equipo ganaba, él solo pensaba en su error en el segundo cuarto. Un día, después de un entrenamiento durísimo, se quedó solo tirando tiros libres. El entrenado le pregunto: “¿Qué estás buscando?”, y él contestó: “No quiero ser mediocre…” Esa respuesta me ayudó a verlo claro: el problema no era su esfuerzo, era su forma de verlo. Estaba tan centrado en los fallos, que no podía disfrutar de sus victorias, las del equipo, por grandes que fueran. "La mediocridad no se vence con castigo, se vence dando lo mejor de ti, pero sabiendo cuándo parar para admirar y agradecer todo lo que estás construyendo”.El verdadero perfeccionamiento es flexible, no rígido
Dar el 100% no siempre se ve igual. Hay días en los que ese 100% es empujar con fuerza, otros en los que es simplemente seguir adelante. La clave es dar lo mejor de ti cada día, con lo que tienes ese día. Porque la vida no es lineal, ni nosotros lo somos. Cuando entiendes eso, comprendes que no se trata de alcanzar un ideal imposible, si no construir de una forma más sostenible, más real, y más humana. Porque perfeccionarte no es dejar de fallar, es aprender de cada paso, aceptar cada caída y volver a la carga con más sabiduría y conciencia. Si la mediocridad es algo que te afecta, recuerda que no la vas a vencer con obsesión, sino con autoconocimiento y constancia. Dando lo mejor de ti incluso si el resultado no es perfecto.
La excelencia es presencia, no exigencia infinita.
Entrena tu mejora, pero no te olvides de tu equilibrio. Ahí es donde se juega el verdadero partido.
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