La decepción como punto de partida

Decepcionar y ser decepcionado forma parte del juego
Cuando entrenas, cuando lideras, cuando formas parte de la vida de otros, te expones constantemente a la frustración. A ese momento incómodo en el que las cosas no salen como querías. A veces porque alguien falla. Otras, porque tú te has equivocado. Y otras, porque la realidad simplemente no coincide con la idea que tenías en la cabeza. Pensar que eso es un fracaso es no entender el fondo de todo esto. Porque las decepciones nos muestran los límites, tanto los propios como los ajenos. Y nos enseñan dónde estamos forzando con calzador algo, qué está pidiendo un cambio y, sobre todo, cómo nos estamos relacionando con la expectativa. Uno de los errores más comunes que podemos cometer cualquiera es convertir la decepción en reproche. En creer que la solución es dar más órdenes o en apretar más fuerte para evitar que vuelva a pasar. Pero cuanto más apretamos, más asfixiamos. Y eso lo he vivido, como entrenador y también como persona. A veces, desde la decepción, exigimos tanto que el equipo no crece: obedece. Y un equipo que solo obedece, no se compromete de verdad. Liderar desde la decepción requiere una perspectiva diferente. Una que acompañe. Que sostenga. Que escuche incluso cuando duele. Porque no todos los objetivos individuales van a estar alineados con los del grupo y eso no significa que el grupo tenga que romperse. Significa que el líder debe tener la madurez para mantener el rumbo, incluso cuando algunos se bajan del barco. Y la sabiduría para seguir creyendo en los que quedan, en los que están, en los que reman.
En vez de ver la decepción como una caída, podemos verla como una señal:
- Algo necesita ser revisado.
- Algo pide más autenticidad.
- Algo ha cambiado… y no pasa nada.
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