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Postpartido · Coaching

Cuando señalar vale más que trabajar

El baloncesto me enseñó pronto una verdad simple: nadie gana solo. Se gana defendiendo, pasando, entrenando cuando no hay focos y aceptando el error como parte del camino. Durante años creí que esa lógica era universal. Me equivoqué.   Porque fuera de la pista, lo que se premia es la vigilancia, no el compromiso.   
  • Donde antes se progresaba, ahora se vigila. 
  • Donde antes se corregía, ahora se señala. 
  • Donde antes se hablaba claro, ahora se toma nota.
  En un contexto tan tóxico, el chivato no es una anomalía: es un producto lógico del sistema. No crea el problema, simplemente lo aprovecha. Y eso cansa. Cansa estar atento a lo que dices, a lo que otros dicen, a lo que podría malinterpretarse. Cansa vivir en un lugar donde el error no se acompaña, se archiva. Donde el silencio parece más seguro que la honestidad. Donde ser persona es más peligroso que ser correcto.  

¿Desde cuándo señalar vale más que trabajar?

  En baloncesto, cuando premias al que no asume riesgos, pasa algo inevitable: el equipo deja de actuar con convicción. Se juega para no fallar, no para ganar. Fuera de la pista ocurre lo mismo. Cuando señalar vale más que trabajar, se marchan los que suman y se quedan los que no incomodan.   Las personas que trabajan con autonomía y de forma resolutiva, con criterio, chocan con paredes invisibles. Los que se mueven en la sombra, prosperan.    Y sí, a corto plazo parece estabilidad. Pero a largo… es mediocridad organizada.    Si una organización funciona a base de desconfianza y vigilancia, el talento se va. Y lo que se queda es un ecosistema en el que mejorar no es prioridad, sino simplemente no equivocarse.    El baloncesto me enseñó que el respeto se gana incluso perdiendo. Algunas instituciones, en cambio, enseñan que perder dignidad es parte del ascenso. En un lugar así, nadie juega realmente con nadie. Se comparte espacio, pero no proyecto. Se coincide, pero no se confía. Y sin darse cuenta, el trabajo deja de ser un lugar donde crecer para convertirse en un lugar donde resistir.  

Y esa es, en mi opinión, la derrota más grave.

Todos en algún momento lideramos algo. Un equipo, una conversación, un proyecto, una familia. Y en ese liderazgo que ejercemos, elegimos el modelo que reforzamos.

Por un lado, puedes escoger el miedo, el juicio y la señalización. Por otro, la confianza, el trabajo y el compromiso.

Yo he vivido en ambos. Y sé en cuál me fui apagando.

Hoy intento volver a lo más simple que me enseñó el baloncesto: si alguien falla, no lo señalo. Le paso el balón.

    ¿Cuál eliges tú? Recuerda que los atajos maquillan el presente, pero solo la confianza construye un futuro sólido. Y en los equipos, tanto dentro como fuera del deporte, ganar empieza por jugar sin miedo a fallar.   
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