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Postpartido · Coaching

Cuando la prisa lo borra todo

Nos despertamos rápido. Corremos al trabajo. Comemos en el menor tiempo posible porque toca saltar a la siguiente cosa. Así todo el día. Todos los días. Vivimos deprisa. Demasiado deprisa.   Vamos de casa al trabajo, del trabajo al correo, del correo al móvil, del móvil al “te hablo luego”… Y entre tanta prisa, pues, nos perdemos muchas cosas.  Decimos que no tenemos tiempo. Que el ritmo es así. Que ya hablaremos con calma otro día. Pero los días pasan. Y cuando queremos parar, ya ha corrido todo: el reloj, los niños, la vida.   Pero si lo piensas, nuestros padres, los de los años 50, 60 o 70, tenían menos de casi todo. Menos tecnología, menos ayudas, menos recursos. Y sin embargo, había algo que no se negociaba: la presencia.   Esa forma de estar que no depende de ninguna tecnología, sino de una mirada. Esa manera de corregir, de abrazar, de enseñar sin necesidad de manuales.   Hoy tenemos casi todo lo que no tuvieron… menos lo más importante: el tiempo. Y sin darnos cuenta, ese lujo invisible se ha convertido en el gran ausente. El amor no basta si no se demuestra. Y demostrarlo, casi siempre, significa lo mismo: estar.   Más allá de buscar culpables, creo que deberíamos centrarnos en, al menos, ser consciente de ello. Quitarnos el piloto automático y darnos cuenta.    Amamos a los nuestros. Nos preocupamos. Queremos lo mejor. Pero a menudo, lo mejor no es lo que les damos, sino lo que les falta: atención, calma y contención.  

 

No es falta de amor. Es falta de presencia.

No es fácil escribir esto cuando sé que muchas veces yo tampoco estoy todo lo presente que quisiera con los míos.

Me esfuerzo por trabajar más, por hacerlo mejor, por sacar adelante a mi familia. Lo hago por ellos. Para que no les falte de nada. Para construir un futuro más seguro. Pero en ese intento, a veces me doy cuenta que les falta algo que se compra: mi tiempo. Y el precio, aunque no lo veamos de inmediato, lo pagamos todos: padres que se sienten culpables, hijos que crecen sin referentes claros, vínculos que se debilitan.   Hoy todo corre más que nunca. Pero la educación no debería hacerlo.   La educación no se mide en logros académicos, ni en idiomas, ni en extraescolares. Se mide en la capacidad de un niño de sentirse visto, escuchado, acompañado. Parar es urgente. Quizá necesitamos menos pantallas y más sobremesas.   Menos “venga, rápido” y más “cuéntame cómo estás”.   Quizá necesitamos menos respuestas inmediatas y más preguntas sin prisa. Y sí, sé que no es fácil. La vida exige, el trabajo aprieta, las rutinas se imponen. Pero si no defendemos esos espacios para educar y para acompañar de verdad, acabaremos corriendo hacia ningún sitio.   Porque educar no es solo enseñar cosas.   Es sostener, es guiar, es estar. Y para eso hace falta espacio.    Aunque sea cinco minutos al día.   Aunque sea un gesto.   Porque, a veces, un momento de verdad vale más que mil tareas cumplidas.
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